Mercedes : Cuestionamientos al “grupo revelación” de la Fiesta Nacional del Chamamé

Mercedes : Cuestionamientos al “grupo revelación” de la Fiesta Nacional del Chamamé

El referente cultural Antonio Celestino Gómez, una de las caras visibles del último festival realizado en la ciudad de Mercedes, expresó una fuerte crítica al criterio utilizado en la Fiesta Nacional del Chamamé para la elección del denominado “grupo revelación”.

A través de un mensaje público, Gómez cuestionó la falta de coherencia entre el discurso institucional del festival, que este año se presenta bajo el lema “Refugio de identidad”, y las decisiones artísticas que finalmente se toman desde el escenario principal.

El planteo advierte que, mientras a los artistas se les exige un estricto apego a las raíces chamameceras para participar de instancias previas como la Prefiesta, luego se termina premiando a propuestas alejadas de la esencia del género, diluyendo su identidad cultural.

La crítica pone el foco en el mensaje que se transmite a las nuevas generaciones y en el riesgo de vaciar de contenido una expresión cultural profundamente ligada a la historia y al sentimiento del pueblo correntino.


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Reflexión crítica sobre el concepto de “grupo revelación” en la Fiesta Nacional del Chamamé

Resulta, cuanto menos, preocupante el mensaje que se transmite cuando, en el marco de la Fiesta Nacional del Chamamé, se nombra como grupo revelación a una propuesta que poco y nada tiene que ver con el chamamé en su esencia, ni con el lema que este año se pregona como “refugio de identidad”.

Más aún cuando, para participar en instancias como la Prefiesta, se exige a los artistas un estricto cumplimiento de requisitos profundamente apegados a las raíces musicales, poéticas y culturales del chamamé: formas, estilos, instrumentación, repertorio y respeto por una tradición que no es casual ni improvisada, sino heredada y construida por generaciones.

La contradicción se vuelve evidente cuando finalmente se termina premiando a un grupo de corte popular que interpreta obras de autores latinos de otros géneros, a las cuales se les agrega un ritmo apenas semejante al chamamé, diluyendo su identidad hasta convertirla en una simple etiqueta rítmica y no en una expresión cultural auténtica.

Todo esto sucede, además, en un lugar cargado de un simbolismo enorme: la capital mundial del chamamé, en un anfiteatro que lleva el nombre de Mario del Tránsito Cocomarola, y en un escenario denominado Osvaldo Sosa Cordero, referentes indiscutidos de una música que nació del pueblo, pero que jamás fue improvisada ni carente de profundidad artística.

La pregunta es inevitable:
¿Cuál es el mensaje que se le está dando a los jóvenes?
¿Que no hace falta formarse musical ni artísticamente?
¿Que no es necesario estudiar, investigar ni comprender el chamamé en su dimensión cultural, histórica y poética?
¿Que basta con adaptar canciones ajenas y “chamamizar” superficialmente un ritmo para ser reconocido en el máximo escenario del género?

Lejos de ser una cuestión de gustos, esto plantea una falta de coherencia entre el discurso institucional y las decisiones que se toman, y corre el riesgo de vaciar de contenido aquello que se dice proteger. El chamamé necesita crecer, dialogar con nuevas generaciones y nuevas miradas, sí, pero sin perder el respeto por sus raíces, porque sin identidad no hay evolución, solo confusión.

Defender el chamamé no es cerrarse al cambio; es exigir responsabilidad cultural, especialmente en los espacios que dicen representar y custodiar su legado.